Vengo a hacer apología de la unicidad. Porque cada ser es único, cada día es diferente y ofrece todas las posibilidades que solo la unicidad puede ofrecer, dejando atrás todo anquilosamiento que va ligado siempre a lo uniforme. La unicidad es diversa, es multitud de opciones, dinamismo irrefrenable, un soplo de aire fresco. Cada momento es único, cada vida es única, cada rayo de sol de invierno es único, cada amanecer nos ofrece ilusiones distintas, porque el instante de ahora es irrepetible, ya no volverá a producirse y como tal es extraordinario. No hablo de la unicidad estática y acaparadora, que todo lo absorbe, el ser único de Parménides que campa a sus anchas arrancando cualquier atisbo de renovación, ese no me interesa. Me subyuga el cambio, Heráclito, el río por el que fluyen aguas distintas, la incandescencia del fuego, siempre única. Me interesa lo efímero, lo que no deja huella para seguir expandiéndose siempre libre de catalogación, precisamente por su poca consistencia, que deja paso a otro suspiro siempre único, siempre etéreo, que se pierde en trazos irrepetibles por esa sustancia única que nadie es capaz de hacer presa de los sentidos. Me interesa lo que no impone su monótona letanía, uniforme y aburrida, sino que sorprende porque siempre es nuevo, en ello siempre hay una ilusión oculta, pues siempre acaba de nacer y siempre está dispuesto a morir al instante, para que se vea su resplandor, el brillo que dejó cual estrella en el firmamento, aquella que es un recuerdo único de lo que solo una vez existió. Belleza impar. Lo único y singular no es egoísta, al contrario, siempre complace, hace entender al resto de la importancia de ser uno, porque solo desde el uno se puede llegar al todos sin contaminación, sin haber estado expuesto a los intereses y las neurosis ajenas, que siempre intentan hacer conquista, así se puede llegar a ver la luz en el otro, sin anclajes, sin chantajes ni promesas, desde el terreno virgen de la inquietud que despierta estar vivo y ser consciente de ello entre tus semejantes, que nunca lo son porque todos al igual que tú son únicos. La unicidad es liberadora, la verdadera democracia del alma, esa que también es única y que vive en las raíces que nos sustentan, siempre presta a emprender vuelo y mostrar su destello infinito, componiendo esa sinfonía universal, ese fluir continuo que nos define, como seres, únicos y exclusivos, fuera de cualquier cadena de producción, verdadero antídoto al gregarismo que nos intentan inocular de por vida.