Hay días de luz interior, compulsa agitación, despertar de sentidos a algo que se ha escapado, una luz roja de alarma en tu reloj interno, el mismo que siempre atrasa perezoso ante esas extrañas filtraciones que ocultan... ¿Quién sabe? quizás felicidad u otra clase de hastío. Hay señales que nos sacuden y nos conmueven, nos asaltan y nos arrastran, llenándonos de violento vitalismo en una maravillosa décima de segundo que se pierde tras los muros de cualquier edificio en reposada y sosegada paz, meditada y calculada como casi todas las paces. Hay fuegos que nunca se apagan, rescoldos eternos incapaces de seguir su frío destino, siempre latentes en alguna parte de tu atlas coroporal, revueltas que no cesan, alas perennes siempre prestas a despegar, hambre que no mengua, canto que no calla. Siempre hay días como esos, que me recuerdan que tengo que volver a poner en hora mi reloj, maldito reloj que no da aliento, que no deja mirar atrás, automatismo sin sentido ni sentimiento al azar ideado de cualquier dios menor, bastardo aliado que siempre traiciona, apéndice molesto con el que hay que cargar desde que te insertan tu código de barras, expuesto al comercio y a la destrucción, a la deriva macabra de un demente. ¿Dónde quedó la simiente? Hay días que vale la pena vivirlos porque te muestran un campo de visión mayor y te hacen fuertes porque te sientes fuerte, no como otros que pasan anónimos como huellas borradas. En un día de esos... ¿Quién sabe? quizás felicidad u otra clase de hastío.