Y esa luz se fue y vinieron otras, mejores, peores, diferentes, otras, ignorantes de ese hueco que se hizo muy dentro y que fue pasto de vida para un hambriento. Ese vestigio quedó enterrado en tiempo y en olvido, vinieron otras aves a mi nido, otros aires a mi ventana abierta de par en par, otros aromas, pero ese no. Ese sabor agridulce de saber que las horas que pasan se inclinan hacia ti en una reverencia sin forma, como una broma del destino, una fugacidad intrínseca a todas las cosas sin peso, a lo bueno y a lo menos bueno. La vida en una carcajada, el recuerdo de unos días que encendieron la llama de la amistad y la complicidad de saberse fuertes siendo tan enormemente livianos, como ese viento, que nos llevó sin saberlo a ser hojas de árbol en un otoño infinito, sin guía ni destino, solo aunados en el ocio de los bien vividos, envueltos en el azar de una mirada y en una mano de cartas, reunidos, asidos a la incertidumbre que descansa en dónde están las emociones sin trampa, hebrios de sincero entusiasmo, encabronados por nada, ociosos por todo, alrededor de la botella de turno en un juego sin reglas en el que vivir se reducía a respirar, y esa luz se fue y vinieron otras.