La crisis del arquitecto de vida
El mismo desaliento y la misma esperanza gastada son partes de una misma falsa moneda. Los arquitectos de vida están en crisis, la razón de ello habita en el hastío colectivo y en las peculiaridades del individuo, al fin se ha llegado a la conclusión de que la vida no se planifica, ni se diseña estructurada en partes, eso no es vida, es solo un analgésico engaño, aprender a vivir se aprende viviendo y ahí cabe todo. No se puede llegar al remate final sin sobresaltos, estos llegan solos, de nada sirve evitarlos, al final triunfa la inercia del cambio, renovarse o morir.
El arquitecto de sueños o el hacedor de triángulos brillantes
Hubo un tiempo muy remoto en el que más allá de las nubes alguien inventó el oficio de hacer triángulos brillantes. Pero esa ocupación no fue tenida en cuenta por nadie, al inventor de tan sutil oficio se le consideró un parásito a los ojos de aquellos que se manejaban con finanzas y cotizaban al alza. La labor parecía fácil, construía esos triángulos con el soplete multicolor del que aparecía incandescente el objeto más brillante que uno podía imaginar, después de esto lo hacía flotar por la inmensidad de las galaxias y de vez en cuando se dejaban ver en noches de inviernos. Pasaron muchos miles de años y nadie los tomó en cuenta, jamás una noticia, ni siquiera un triste rumor aludió a esos triángulos, había un silencio tácito alrededor de ellos, como quien sabe de la existencia de algo no por su utilidad, si no por su costumbre. Pero un buen día alguien, víctima quizás de un encantamiento, alzó la mirada a la noche fría y los retuvo en sus pupilas fantaseando con ellos, de inmediato decidió escribir al respecto, era un escritor aficionado que publicó una reseña sobre ellos en una columna de un periódico local. Al día siguiente lo tomaron por loco y lo encerraron, pero la mecha ya había prendido. Hoy en día algunos seguimos escribiendo sobre ellos y gozamos de esos triángulos. Solo saber de su existencia es la razón principal para seguir contemplando esos crepúsculos tan tristes y bellos. Y es que los sueños no saben de sucesiones, ni de etapas, de raciocinio o sensatez, los sueños no tienen la textura de la cordura calculada, de la utilidad del triunfo, los sueños pueden ser dolorosos y placenteros pero nunca dejarán sabor a indiferencia. Muchos sueños ya fueron soñados por otros para que nosotros los tuviéramos a la vista paseándose como triángulos brillantes en una noche cruda de invierno. Hoy a los hacedores de ellos se nos puede ver vagabundeando por calles sin rumbo, perdidos, devorados en las entrañas de la urbe, aunque ya no hay sopletes multicolores, solo queda la añoranza de ellos, en su lugar utilizamos el negro sobre blanco, aunque hay variedades.


1 comentario
Interesante percepción de la realidad.
Saludos desde México.
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