El Bosque despertaba tras la temible noche tormentosa, entre neblinas y olor a tierra mojada. La luz del tenue astro se filtraba entre el follaje de vegetación, tan abundante que apenas dejaba ver más allá de.dos pasos. Allá en lo bajo, imperceptible para la mayoría de humanos-máquina, a veinte centímetros del suelo lleno de hojas, se oyó un bostezo:
- ¡UAAAAAAO! ¡Buenos días, bosque amado!
El Enano Peludo del Bosque había despertado de su sueño de 40 horas en el preciso instante que una ardilla saltaba de un árbol a otro.
- ¡Qué gran suerte tengo, dispongo de 75 horas, veintiún minutos, diez segundos y dos décimas de tiempo para hacer lo que quiera antes de volver a dormir! Lo primero un buen desayuno, veamos que hay por aquí; mermelada de frutas de mi querido bosque, pan para hornear, leche de mivaca Jacinta, huevos de mi gallina Fiopilda, chocolate artesano de mi camarada Rinpimtín, naranjas de otras regiones, dulces de la montaña, frutas del hermano Rosildo, bien...bien...bien, con esto habrá suficiente, si me quedo con hambre repetiré tres veces tres.
El Enano del Bosque daba cuenta del suculento manjar en su refugio bajo las hojas otoñales, y su cabeza no paraba de aventurar nuevas y entretenidas vivencias a las cuales desafiar y poder así contarlas a Wílivur el mercader o a Sharia una de sus dos mil pretendientes, pero sin duda la que más le gustaba de todas. Quería visitar las Tierras del Norte, aquellas las cuales le habían hablado tan bien los contados viajeros que pasaban por el bosque, querí aconocer la Tierra de las Leyendas, para saber si existían realmente o eran historias inventadas de otros tiempos pasados, quería saber del Monte de La Vida, y de Los Lagos de los Micos, así como del Monstruo de la Hoguera, y ambicionaba el Oro de Mentira, tan poderoso como poco valioso.
- ¡Así pues, en marcha! Me queda un largo y gozoso camino para conquistar aventuras, historias de otros lugares, de otras costumbres, de otras gentes. Sólo espero no encontrarme con humanos-máquina tan ajenos a la vida, tan domesticados y ajetreados por sus tareas que les resulta hasta difícil mirar a donde pisan. ¡Serán desgraciados!. Casi me aplasta uno el otro día, claro, como siempre van con prisas y además siempre se muestran hostiles a lo que les resulta diferente, pobrecillos, están condenados a ser esclavos de su propio destino, y lo peor de todo es que algunos no se dan cuenta de esta evidencia y se contentan con sus fatigas diarias.
Gritando este pequeño discurso a los cuatro vientos del bosque, el enano inicia su andadura después de echar un último vistazo a las provisiones que cuidadosamente había preparado para el largo camino que le esperaba. Partió silbando melodías de la región en la que vivía que le inspiraban a continuar el camino con alegría y ánimo y le infundían fuerzas renovadas, le recordaban aromas del bosque impregnado de humedad y de vida. Había recorrido ya un buen trecho cuando se tropezó con algo que casi le hace caer tan inmiscuido que iba él en sus ensoñaciones. Delante de él apareció a su vista la concha de un caracol, el cual parecía estar durmiendo hasta ese momento, pues empezaba a asomar sus pequeños cuernos y sus ojos cansados después de lo que parecía un largo sueño.
-Tres días, dieciséis horas, doce minutos y cuarenta y tres segundos de dulce sueño y me despierta un enano del bosque ¡Es que no miras por donde vas!
- Perdona amigo, estaba recordando momentos preciosos y me quedé colgado de ellos, suspendido en la eternidad de mi bendito bosque.
- ¡Bla, bla, bla, todos los enanos sois iguales, charlatanes y farfulleros! A ver,
- ¿Dónde está ese bosque que me hablas?.
- A quinientas millas al sureste de aquí, por cierto ¿Queda mucho para llegar al Lago de los Micos?
- Apenas dos millas, veo que vas en dirección contraria a la mía, yo espero llegar a la Laguna del Silencio dentro de treinta años, es el segundo de los tres viajes que nos podemos permitir los caracoles y estaba plácidamente descansado para emprender el camino pasado mañanahasta que alguien me despertó.
- Vamos caracol, alegra esa cara y míralo por el lado positivo, no siempre se puede tener la oportunidad de conocer a un enano del bosque tan simpático como yo y además acuérdate que damos suerte.
- Sí ya lo he podido comprobar.-respondió el caracol en un tono irónico
- Bueno, lo dicho amigo hasta otra, y recuerda sonreír.
- ¡Enano chalado, si aun tendría que haberle dado las gracias por
despertarme!
El enano siguió su camino hacia el ya próximo Lago de los Micos donde pasaría la noche. Llegó cuando ya estaba oscureciendo y apenas pudo ver unos pocos micos, así que buscó un refugio de hojas y después de la cena y de fumar de su pipa disfrutando del entorno, se sumergió en su especial meditación durante un buen rato, fundiéndose con el medio, no necesitaba dormir y se distrajo contemplando a dos micos copulando.
<<¡Qué bien que lo pasan estos simpáticos animales! -Se decía a sí mismo-,
siempre con sus jueguecitos y qué contentos se les ve>>.
En ese momento un duro objeto golpeó su cabeza, produciéndole un intenso dolor, sus ojos se alzaron en busca de la causa de aquel percance y pudo ver en lo alto del árbol en el cual se apoyaba, un mico riendo estruendosa y agudamente mientras seguía lanzándole bellotas al enano, que hacía lo posible para refugiarse con los brazos de nuevos y desagradables impactos. Al fin el bombardeo cesó gracias a que la munición se le acabó al bélico mico que seguía riendo y agitándose en la rama con tal vehemencia que ésta se partió e hizo que cayera encima del pobre enano, el cual estuvo a punto de morir asfixiado si no es porque pudo sacar de su bolsa un pequeño punzón que utilizó para pinchar al animal que salió impulsado nuevamente hacia la rama. No acababa de reponerse del todo cuando otro mico salió de la oscura nada y entre gritos de alborozo se le enroscó al cuello al enano que tuvo que propinarle un mordisco para quitárselo de encima. El alba ya empezaba a despuntar y la pareja de micos seguía a lo suyo sin importarles lo más mínimo la intrusión de un extraño en su territorio que hizo que se formara una gran algarabía. Ya a salvo de los traviesos micos, el enano reflexionó después de haber observado y experimentado, como a él le gustaba, y sacó jugosas conclusiones acerca de la gran diferencia de comportamientos entre seres de la misma especie.
El enano reanudó el camino en un día soleado y con una leve brisa que invitaba al disfrute del esplendoroso bosque que atravesaba, sin embargo no tardó mucho en encontrarse a un ser rojo de su misma estatura con un gorro verde que terminaba en un cascabel plateado, el ser no hacía más que hablar sin parar sobre cosas sin sentido, por lo que le pareció al enano, además a cada paso que daba hacia mover el cascabel como acompañando a sus extrañas palabras con un toque de alegre y divertida locura. Al cruzarse con él ni siquiera pareció darse cuenta de su presencia, sin embargo el enano prestó atención a sus palabras.
- ¡Aviso a todo el que quiera enterarse sobre los lugares visitados por una oruga, la cual al oír esto, conoció a un pato que se compró un peine para un perro que tenía la cadena muy larga. Tengo que contaros cosas y casos de perros y patos, de orugas y peines. Me dijeron cosas, qué felicidad saber escuchar, qué felicidad poder hablar. Setas, hierbas, gaitas, conejos, frío, ranas rosas, alas de pájaro, plumas de la suerte. Tierras del Norte a una milla, dirección suroeste, paradojas de la vida.Los saltadores se subieron a mi chepa ...!
El enano supo escuchar y se quedó con la información necesaria, estaba cerca de su próximo destino: Las Tierras del Norte. La intuición y la experiencia del viajero le habían ayudado.
Una melodía envolvía un cielo nublado y húmedo. Parecía provenir de dentro de los árboles, era una oda a la tierra, a lo más profundo del bosque. El Enano se encontró en medio de un bosque encantado. Un pequeño hormigueo recorrió su pequeño cuerpo, una nube de purpurina mojó su cabeza y sintió una necesidad de mezclarse con el medio tan intensa como vivificadora, no tardó mucho en encontrar lo que necesitaba, un roble anciano de unos 500 años que conocía el bosque desde sus orígenes, le indicó donde podría encontrar setas del conocimiento, y el enano se dirigió sin pausa. Al ingerir dos de aquellas, inició su particular viaje, se sintió sabio como la piedra, noble como el árbol, brotar como el arrollo, volar como el pájaro, ligero como la hoja, libre como el viento, en definitiva se sintió bosque encantado, su paso por las Tierras del Norte había sido tan fructífero como preveía.
Aturdido aún por la experiencia vivida en Tierras del Norte, el Enano empezó a percibir un olor que nada bueno presagiaba, el olor a quemado en un bosque es síntoma de que hay humanos-máquina cerca, si encima ese olor era tan intenso como el que ahora sentía e iba acompañado de una espesa humareda tan abundante como cegadora, la relación se hacía aun más siniestra. El Enano sabía que era raro el humano-máquina que no dejara su rastro, -aunque éste fuera tan pequeño como él- y no dudaba que esta vez no sería pequeño. El Enano sintió la muerte de sus hermanos los árboles, de toda vegetación y fauna existente en quién sabe qué extensión, y casi se chamusca él mismo en su tupido y abundante pelo. No podía ver nada, el humo se lo impedía, pero sintió como propio el quejido espeluznante de especies diversas de árboles y animales que pedían ayuda a nadie en concreto y a todo el mundo en general. El enano quizás por los restos del efecto de las setas, lo percibió todo con una claridad tan cruel como real y de sus ojos manaron litros y litros de lágrimas que no pudo ni quiso contener. Le habían hecho una herida profunda en el alma que tardaría mucho en cicatrizar. Luego cuando el incendio ya cesó y recorría el espantoso panorama de árboles calcinados que había dejado, sacó de nuevo, la conclusión que siempre extraía de todas las vivencias, hasta de las más desagradables, y no dudó en considerar que muchos más litros de lágrimas que las suyas, hacían falta para apagar incendios de esa magnitud, y sobre todo de los propios humanos-máquina, que si bien eran los que más daño podían hacer, también eran los que mayor bien podían ocasionar, ya que por cada lágrima suya, ellos podían derramar mil suyas. Claro que para eso hacía falta que les hirieran el alma, y el enano dudaba mucho que ellos tuvieran de eso. Al enano nadie se lo dijo pero tenía la total seguridad de haber conocido al monstruo de la hoguera.
El terreno se empinaba en una leve pero continua pendiente, los primeros brotes verdes aparecían a los ojos del enano después del desastroso incendio. Se internó en un bosque de multitud de especies sobre el que se cernía una inquietante y misteriosa niebla que revelaba apenas las primeras filas de árboles. La quietud era tan inquietante que apenas parecía transcurrir el tiempo, y ya se había adentrado en el bosque lo suficiente, como para perder la orientación en un sitio tan uniforme y oculto por la propia espesura de los árboles, cuando divisó en un horizonte cercano un reflejo que parecía provenir de lo que sin duda era un lago. Este descubrimiento, alivió un incipiente nerviosismo que parecía acudir al enano, que ya se veía perdido en un misterioso bosque lleno de un silencio aterrador y vacío.
Al asomarse al lago para beber de él, el enano no vio su propio reflejo, sino el de dos hermosas hadas que lo miraban interrogantes. La primera reacción del enano fue dar un paso hacia atrás y abstenerse a beber, pues había leído libros antiguos que contaban historias de hadas guardianes de bosques, lagos, montes y mares y sabía que si lo hacía se expondría a los peligros más insospechosos. Aun así las hadas le hicieron una señal, acompañada de una insinuante sonrisa, para que se acercara y el enano no pudo más que obedecer. Las hadas le susurraron que descansara del largo viaje y se bañara en el lago, que después le darían una noticia, la cual debía saber para poder salir del bosque. El enano recordó que en algunas historias las hadas del lago sí permitían el baño a los viajeros como recompensa a sus largos viajes, así que lo hizo, y experimentó un bienestar infinito, una sensación de placer tan grande que hizo que las hadas se rieran de él al observar el éxtasis en que había entrado, fue tanta la excitación que experimentó que las mismas hadas tuvieron que calmarlo. Después ya seco y totalmente relajado le dijeron que para salir del bosque debería encontrar un trébol de cuatro hojas, llegado a ese momento la intuición le bastaría para dejar atrás Tierra de Leyendas, ya que ahora esta intuición se veía contrarrestada por el hechizo de los seres que habitaban el bosque. La noche caía en el bosque y el enano más confundido que nunca, deambulaba sin ninguna guía hacia ningún sitio en concreto, la brújula a que había recurrido hasta entonces, parecía haberse vuelto loca. De repente se encontró con otro enano, el cual vivía en un nogal, imponente por su altura y grosor, el enano inquilino escuchó atentamente al enano visitante, después de presentarse como uno de los 1500 enanos habitantes de Tierra de Leyendas, al enano peludo le impresionó esta cifra-, y de invitarle a manjares del lugar. Cuando lo hubo escuchado le ofreció fumar de su pipa y fue entonces cuando le dio un consejo para encontrar el trébol de cuatro hojas, le dijo:
<<estate atento a todo lo que veas a partir de ahora y en base a esto, una opinión tuya del pasado cambiará, sólo así encontrarás el trébol de cuatro hojas y podrás salir de aquí.>>
El enano partió enseguida con los ojos bien abiertos y no tardó mucho en ver elfos, que vivían bajo setas gigantescas, a los cuales consideraba los seres más extraordinarios... ¡Pero de los cuentos! Jamás se había imaginado que existieran en la realidad, los elfos le dijeron entre risas burlonas:
<<¡Cómo puedes ver existimos!.>>
Dos pasos más adelante vio gnomos que le repitieron en tono más sereno lo mismo, así sucedió más adelante con duendes, con magos, con más hadas, y hasta con trolls, todos repetían la misma frase.
Entonces el enano lo entendió todo. Cuando inició su viaje dudaba que existiera Tierra de Leyendas, en lo más profundo de su corazón mantenía la esperanza, aunque su cabeza no le decía lo mismo, esta duda era lo que le retenía en el bosque. Sólo al convencerse de que lo que veía era realidad, podría salir de allí, y así fue, algo resplandecía entre unos matorrales, era el trébol de cuatro hojas, el enano pudo salir del bosque y seguir su viaje hacia un monte que ya divisaba en la temprana luz del día, el Monte de la Vida.
El largo y sinuoso camino se hacía más inaccesible para el enano a cada paso que daba, y a punto estuvo de acabar con su fortaleza, pero logró llegar a la cima, extenuado y sin provisiones sacando fuerzas de donde no tenía. En la cumbre se hallaba un anciano que cocía una pócima en una gran olla, éste se presentó:
- ¡Hola viajero! Soy uno de los 24.567 ancianos que aparecen en cuentos fantásticos, tengo 788 años, y como comprobarás soy tan real como tú, bienvenido al Monte de la Vida, aquí soy el encargado de regalar vida, esta olla rebosa de ella, bébela y regresarás de donde partiste, a tu amado bosque.
- Pero me falta por encontrar el Oro de Mentira tan poderoso como poco valioso, y aun me queda tiempo.
- Sólo allí lo encontrarás.
El anciano le ofreció una cucharada de pócima que el enano bebió resignado. Al instante el enano se encontró en su árbol y en su bosque, vio que nada había cambiado, aparentemente, pero dentro de él supo que sí había encontrado al Oro de Mentira tan poderoso como poco valioso. Al recordar sus vivencias, supo que el anciano que le había devuelto a la vida cotidiana, no le había mentido al respecto. Todas las vivencias le habían llenado de emoción, y le habían sacado de una vida que apreciaba, pero que con el tiempo también deseaba abandonar para adentrarse en otros mundos, en otras experiencias vitales, ese era el verdadero Oro de Mentira.
El enano siguió deleitándose es sus recuerdos antes de tomar un merecido y deseado descanso.

2 comentarios
Un buen viaje de sentimientos y razón.
Todo, sea para bien o para mal, enseña, aunque mucha gente está pensando siempre en el provecho que le puede sacar en un futuro a su acción y pierden esos momentos entre ensoñaciones, igualmente con el pasado. No recuerdo bien quién lo dijo, siento la cita no anónima: "no se puede vivir del recuerdo, ni vivir sin recordar".
Hay tantas maneras de ver la vida como posiciones para buscar nuevos ángulos, yo me quedo con las setas y la imaginación ilógica, es una tradición demasiado maquina-humano como para creerla ciegamente.
Un saludo Andrés, no te pierdas por el Bosque.
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