Las estaciones que se suceden en esta gran celda de cemento no reconocen ese signo que se se dispersa y se malgasta irremediablemente entre costumbres. La previsibilidad es la muerte de toda libertad, todo se sabe de antemano y acumulando certezas nos pretendemos realizados, somos los reyes de nuestra trampa, que proyectamos a los demás en forma de madurez, de poso recargado y edulcorado de conformismo. Cuando todo es previsible, los días son solo hojas de un calendario que ya empieza a consternar más de la cuenta, recelos y prejuicios multiplican su protagonismo y uno se hace dueño de esa fortaleza construida por otros a medida de uno mismo y destierra esa lucidez que sirvió de guía cuado la espontaneidad campaba a sus anchas. No me cabe duda alguna de que la evolución consciente del individuo no pasa por la pérdida de entusiasmo e imaginación, no tiene su parada obligatoria en esa forma gris de acatamiento que se esparce a través de esa clase media tejida desde despachos de multinacionales, que se expone en escaparates mediáticos a la espera de ser utilizada como estudio macroeconómico, como tratado sociológico que demuestra lo insobornable del sistema, la alegre paradoja de lo inmutable y lo estancado. Mi propuesta vital se concreta en seguir mi cruzada particular contra la previsibilidad y seguir creciendo por dentro, nunca para afuera, sin buscar reconocerse en el otro, sin ser contaminado por ese humo que se vende sin fecha de caducidad.