El rojo sangre derramado en heroicidad cutre de paleto ibérico, por herida mortal de toro burlado y humillado en fiesta nacional, festín de sadismo, aplausos, pañuelos, vítores, orejas, rabo y brindis al sol, al igual que la cara, en tribunas colmadas de salvaje civilización, haciendo del ruedo patrio, neurosis colectiva.

El amarillo de riqueza, usurpada o heredada, que la vieron y ven muy pocos, siempre valiéndose de ella, ganada con un par de cojones españoles, de los que nunca pasan de moda, impuesta como bandera de progreso, alzada como estandarte de la estupidez que se vanagloria de modernidad en complejos comerciales, campos de golf, especulación inmobiliaria que arrasa costas, montes y todo lo que incordia, depredador del momento, estigma del pasado, ADN de una estirpe.

El rojo, el amarillo... y el blanco merengue, claro, el color del fútbol, tan puro él, pero también el negro, por el luto a un país.