El mundo actual presume de confort, una aspiración más que anotar en la agenda de cualquier paria moderno, hoy en día hay muchos recursos que te pueden ayudar a alcanzar ese nirvana material, nos los meten por los ojos, los oídos y hasta en la comida, claro que como todo hay que pagarlo. Antes no, o no tan evidente, era todo más sutil, hasta más inocente. La inocencia consciente pudo ser la bandera de los sesenta y hasta mediados de los setenta perduró, una inocencia casi beatífica pero sin esa dosis hipócrita de la otra beatitud. Me encanta recrear esa pulcritud escuchando viejos himnos “¿Cómo te puede gustar la música de hace tanto tiempo?” la pregunta, que suena a afrenta generacional, siempre tiene una respuesta que gira en torno a búsquedas e inquietudes, a no creer del todo en la sofisticación del momento, también en los sonidos, claro. Hablaba de inocencia, de pulcritud, en resumidas cuentas de una oda continua y excelsa a las raíces del hombre, un canto de humanidad emergente de muy abajo y suspendido muy arriba, dónde por aquel entonces se quedaba prendido el confort, al cual “Lo Servían Duro” o se fumaba en la eterna pipa de la paz, tan reconfortante ella. Claro que todo cambia, pero no siempre a peor, a finales de los setenta irrumpe ese toque de mala hostia que siempre hace falta cuando las cosas empiezan a encallarse en tópicos, esa pulcritud acaba llenándose de suciedad cómo era de prever, y nacen las crestas, otra oda, pero esta vez a la mierda, sustancia que arrecia por todas partes, respuesta con la misma moneda. Mentiría si no reconociera que echo de menos esas tempestades, tan opuestas pero tan reales y auténticas, y es que al final, hasta me tendré que creer eso de que después de la tempestad siempre llega la calma, pues llevamos más de veinticinco años de sequía y ya toca que llueva sobre viejos tejados.