Uno tiende a idealizar y eso es un peligro, es más que eso, un error, la crónica de un desengaño, el inicio de una rectificación ajena que llegará a posteriori, clamando por un realismo implacable que no admite réplica ¿la justificación? El mundo real. Los extremos son las puntas de una misma cuerda, relativismo evidente, respuesta inmediata, luego están los matices, mis matices que son los que conozco bien, cada uno tiene los suyos, aunque muchos los evitan y se quedan con lo de la misma cuerda. Siento que maduro, pero en conciencia, no en costumbre y hábito, sigo siendo yo, pero he de aprender a entender más al otro, sobre todo cuando toca, esa madurez se reafirma en formas, se moldea, se hace más flexible, si no sería otro, o ninguno o todos que es lo mismo que nadie. A veces me transporto ignorando al tiempo, pobre de mí, soy un hervidero de ilusiones que se evaporan y se pierden y de pronto otra vez en ebullición y así, rueda retroalimentada, generador de vida, esperanza, decepción, anhelo infinito, pero también de búsqueda. Buscar no evidencia encontrar, claro está que sin búsqueda no hay encuentro, a no ser que atisbes lo casual que nunca se llevó bien con lo causal, a pesar de lo exitoso del lenguaje. El éxito, concepto de moda, realmente siempre lo estuvo, pero con el paso del tiempo gana lustre y admiradores que harían lo que fuese por tenerlo, hoy en día está claro lo que es ¿el precio por conseguirlo? El que haga falta, incluso la propia felicidad como moneda y la frustración como molesto aliado, mi éxito será mi felicidad, vaya perogrullada, pues no lo es, para alguno no lo es. Todavía nadie me ha demostrado que la existencia no se dibuje en las estrellas, la existencia y el ser, que requiere mayor entusiasmo, nunca fueron lo mismo, aunque siempre se entrecruzan y despiertan guiños cómplices, mi existencia me pide reposo, remanso de aguas y por eso me voy a mi nube a seguir idealizando, buenas noches.



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