Era pequeño su universo, hecho de algodón y hojas secas, especiado con el aroma de campos, mecido por vientos sin riendas, alimentado por su indómita inquietud. Escapaba de aquel estruendo celebrado por todos, omnipresente en todas las vidas ajenas, tan extrañas a su vista, como lo era él mismo para ellos. Recreaba momentos imposibles para la multitud, congregada alrededor de la carroña mediática, que saborea a su presa malherida sin dejar rastro, dejándose llevar por el camino más fácil, siempre recto y amarillo, moteado con superficiales rosáceos, que transmitían señales eléctricas. Se perdía en esos trazos dibujados allá arriba dónde el astro blanco alumbra a los hombres de las colinas y les guía sin guía, enseñándoles a seguir su propio sendero trazado en otro mundo, en otro tiempo por seres imposibles a lo útil. Y allí seguía observando, le gustaba, y siempre acababa sonriendo ante tanto ruido para tan pocas nueces. Se había aficionado a profetizar con un alto porcentaje de acierto lo que haría el rebaño, si bien sabía que no era nada meritorio saber hacia dónde va un rebaño, pues siempre había un pastor al acecho, nunca llegaría a saber si un rebaño sin pastor seguiría siendo rebaño o no, pero le hubiera gustado saberlo, se desvelaba continuamente ante tal hipótesis, acostumbrado como estaba a resolver cualquier acertijo que le presentara su mente. Le apasionaba bañarse en las aguas del río Esperanza, eran aguas gélidas y cristalinas que siempre guardaban un secreto para él. Sabía interpretar cada sonido, cada gemido en la oscuridad, cada crujir de rama, cada guiño del destino, a veces entendía, otras no, pero cuando no descifraba, nunca preguntaba, sabía que no debía entrometerse. Seguía siendo un extraño a los tiempos nuevos, sólo deseaba seguir con su ciencia, aprender de su estrella, reclutar sueños olvidados por la vorágine que los envolvía a todos los otros, seguir siendo un ermitaño del alma, solitario por vocación rodeado de belleza, de calmada existencia. Al margen siempre de ese clamor asfixiante de círculos concéntricos, condenados a seguir girando en la misma órbita hasta el final de los días, en una neurosis colectiva, engendrada en hornos de fábricas, en ruido de sables, solo calmada por fútiles distracciones diseñadas en despachos subterráneos, bajo el alquitrán que hiede a humo. No se creía éticamente superior a nadie, trivial sería esa creencia, no perdería el tiempo en considerar algo semejante, y en cuanto a lo de la diferencia, se lo atribuía al azar que habita entre la hojarasca y en las cimas de las montañas o en la locura de los cuerdos. Tampoco se sentía un marginado, ni un asocial, no se aislaba por egocentrismo, no se sentía centro de nada y sí parte de todo lo que pisaba, sentía y respiraba, no había en esa actitud ni un ápice de apariencia, de sentido aleccionador, pero sí se creía en su derecho de revindicar un individualismo sin más límite que su conciencia. Sabía del paso del tiempo mirando a los árboles, liviano paso, excusa perfecta para perderse entre la corteza, sentir la savia que le nutre, abandonarse en ello. De hecho ésta era su afición favorita, abandonarse, perderse, formar parte de su pequeño universo para no ser nunca reconocido por eso que llaman realidad y en lo que él veía el juego macabro de un demente.



3 comentarios
Vuelven los excelentes relatos que tanto he echado en falta, éste, como de costumbre es impecable.
Un abrazo.
Hola Andrés
Te he dejado un "regalito" en mi bitácora.
Un abrazo
Me veo en las aguas de ese río y en la ordinariez de esa apariencia. Como en todo: pocos diferentes, muchos iguales y un silencio manchado (según qué miremos, claro).
Saludos Andrés.
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