Las colinas heladas se sitúan más allá de la aureola rosácea que amenaza con su inminente llegada, cromo traslúcido poniendo contrapunto perfecto al paisaje. Esos locos ya no habían vuelto, pero sólo él los echa de menos, los demás lo hacen por exceso y no van a permitir que vuelvan a apoderarse de nuevo de ese tarro de las esencias que tanto anhelan engullir, pues de él depende la productividad del aire, ese aire turbio y pesado del que se vanaglorian como insectos en el fango de años podridos. Aún recuerda su delgada figura, sus cabellos al viento, sus ojos cargados de una bella tristeza, profundos como un pozo infinito, su piel pálida, su discreta elegancia, su vestimenta oscura en contraste con la nieve del lugar, allí siempre nieva. “Se lo llevaron todo” dicen como pájaros de mal agüero. “No nos dejaron más que alboroto, inútil ruido de cadenas” “Tanta alquimia alborota los sentidos” “Aún huele a tierra mojada” “Que no vuelvan nunca más, aquí no queremos sueños” y otras cosas similares. Allá en lo alto las aves extrañan un aroma que las reúne en torno a un pasado, la vegetación del entorno muere al compás que impone la ignorancia y todos parecen contentos, todos menos él. ¿Y qué hacer cuando la soledad del pensamiento te envuelve haciéndote extraño a los demás? Debe llegar a esas colinas se dice, algo lo empuja a emprender ese viaje, a desafiar la aureola que los llevará al final de la noche, debe partir cuanto antes. Espera que se esconda el nimio sol del día y sale tras las primeras brumas, ansía escapar de ese aire cargado que venden en conserva, riqueza onerosa de la región. Aquí y allá fábricas, alambradas, perros asesinos, sangre en el camino, la luna refleja halos de crueldad, pero no puede detenerse ante nada, debe llegar a su destino y allí alguien lo espera, lo presiente en lo más hondo de su ser. Se le cruzan extraños prevenidos “A dónde irá ese” “Siempre ha sido sospechoso” “No debería andar nadie a estas horas por aquí” “¿Y si le paro los pies? no quiero problemas en MI casa, NUESTRA casa, la de todos los hombres de bien... La que heredamos de nuestros antepasados y que por tanto nos pertenece” “Habrá que llamar a las fuerzas del orden”. Correr... le hacen correr, los latidos le aporrean el aliento, pronto irán a buscarlo, ha despertado a la bestia, es un fugitivo sin quererlo, un animal acorralado, la maquinaria ha vuelto a engrasarse y lo devorará, le quitará hasta el consuelo del recuerdo ajeno, todo lo que cae en las tripas de la bestia es olvido, necesario olvido. Pero su fuerza emerge de muy abajo, de ruinas enterradas, de raíces de árboles eternos, del barro del camino, también del vuelo del pájaro y de la fuerza concéntrica que los sostiene, las zancadas son cada vez más largas, casi parece ingrávido, nada, ni nadie va a detenerlo, tiene que llegar. El cielo se cierra a sus espaldas, es más negro que mil noches sin luna, las arpías se relamen, igual que el verdugo ante su víctima, un estruendo lo hace tambalear, empieza a ascender, su anhelado ascenso, el sudor lo ciega por instantes, a pesar de los 15 bajo cero, parece quemarse en una inmensa hoguera hecha para brujas. Ya atisba la cima cuando un desgarro le alcanza el brazo, da sus últimos pasos salpicados en sangre y entonces ve su figura en el punto geodésico de la cumbre. Hasta aquí no llegarán, lo sabe perfectamente, sus ojos de pánico buscan refugio en su triste mirada, belleza en calma, remanso de paz en aguas cristalinas, mira atrás y comprende el significado de esos ojos que lo tienen felizmente embriagado. Mientras el viento deshace su larga melena, encuentra en su sonrisa sosiego y confianza. Pregunta por los demás. “Se fueron, no aguantaron más, el miedo les atenazó, ellos no tienen culpa... ¿Pero sabes una cosa? mientras haya gente cómo tú, nada está perdido, siempre confié en ese chico pensativo” Se abrazan mientras añoran el pasado, pronto habrá que pensar en el futuro.
Colinas Heladas
Andrés 31, oct , sin comentarios
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