Dicen en el pueblo que anda como loco, persiguiendo un rastro, un recuerdo, una sombra entre la espesura del bosque y que sólo a veces se deja ver, huidizo y esquivo ante cualquier gesto de acercamiento. Me interesé y pregunté a los lugareños, estaba claro que debía de haber una historia ante ese extraño comportamiento:
Vivía en lo alto del monte con un anciano ermitaño, una vez al mes aproximadamente solían bajar al pueblo, se los veía pasar sin más y se perdían de nuevo entre la arboleda. Aparecían y desaparecían cual espectros, siempre los vieron juntos, sin duda se hacían compañía en la soledad de las alturas. Una noche encontraron al anciano sin vida a orillas del río, su amigo los puso en alerta, pero cuando llegaron ya nada pudieron hacer. Unos familiares que vivían en la ciudad reclamaron el cuerpo y allí le dieron sepultura. Desde entonces una vez al mes aproximadamente, ven pasear su famélica figura entre ladridos desesperados, olfateándolo todo, sin rumbo ni guía, esperando quizás encontrarlo a orillas del río.