Era noche apacible en las llanuras de los pensantes, las colinas lejanas se dibujaban en el horizonte con tramos difusos, apenas iluminadas por sus tres lunas, la fría temperatura alimentaba los buenos auspicios y la paz inundaba el entorno. Los ancianos permanecían observando el firmamento, comunicándose con la estrella elegida, sabían que de su contacto mental con ella dependía en gran parte el futuro del pueblo hermano. La luz avanzaba, pero nada ni nadie podría inmiscuirse entre ellos. El gran viaje se estaba preparando, aunque jamás abandonarían su mundo, uno de los últimos reductos de la noche, impenetrable para toda intrusión por un manto protector de energía, tejida por sus portentosas mentes.
Habían aprendido a usar el cien por cien de sus cerebros , y sus dos mil años de vida la habían consagrado a la meditación y a ayudar a los pueblos necesitados, pronto mutarían nuevamente la piel, un nuevo ciclo vital estaba a punto de llegar, pero antes tenían una importante misión, hacer de puente transmisor entre dos mundos. La guerra acabaría, pero ganara quien ganara ellos seguirían existiendo hasta el fin de los tiempos, así estaba escrito.