
Había un secreto en lo más profundo del bosque, sólo algunos osaban internarse en él. Una creencia arraigada, como lo son todos los miedos. A los caminantes se les prevenía, por lo que tenían que hacer un rodeo para llegar al pueblo más próximo, a los niños se les prohibía sin más, pero ya se sabe que lo prohibido atrae... Yo desobedecí, me interné en la oscuridad y ahora ya adulto, nadie me cree lo que cuento, me tachan de loco, de haber sucumbido al encantamiento del bosque y aunque quizás esto sí que tiene mucho de cierto, os puedo decir que conservo el grado de locura común entre los comunes, sin exceso alguno.
El camino era una invitación a ser recorrido, la humedad de la tierra me generaba una fresca excitación, me encontraba rodeado de musgo, hojas, sombras y multitud de hayas, el cielo apenas se intuía. No puedo decir cuando fue, en que momento escuché la melodía que tiraba de mí como nunca lo ha hecho ni seguramente lo haga ninguna droga, sólo sé que se me agudizaron todos los sentidos, la percepción fue cien veces mayor... el sonido de mis pasos sobre la hojarasca, un sutil viento allá arriba agitando las ramas más altas, el ocasional canto del pájaro que celebra mi llegada, el tacto de mis manos y mis brazos alrededor de la vieja corteza, el aroma añejo de tierra mojada, las pisadas de algún animal al acecho, el correr de un río no muy lejano el cual, casi puedo visionar incluso sentir sus aguas heladas. Noto que mis brazos y mis piernas se vuelven ligeros y van adquiriendo un verdusco tono, siento que de mi cabeza brota algo hacia el cielo y de repente mis pies se plantan sobre la tierra, enraizados en ella. Entonces lo veo frente a mí, es un árbol portentoso, antiquísimo, me parece que estoy frente al árbol más viejo del mundo, su belleza es tal que me estremezco...
A mí me enseñaron que los árboles no hablaban, también aprendí a partir de esta experiencia que no todo lo que te enseñan es cierto y que tus vivencias te pueden enseñar más que mil sermones o cien libros. El caso es que me habló y nunca escuché una voz así... el sólo recuerdo me emociona, parecía la misma voz de la tierra, del agua, del fuego, del aire, de todos los elementos reunidos en ese portento vegetal, en ese reverenciado anciano. Se presentó y me dijo: Hola humano, soy la Vida y me encuentro sola, me siento cada vez más alejada de vosotros y no quiero perderos, nadie viene a visitarme, tú has seguido el dictado de tu corazón y has llegado hasta mí, a muchos les causa temor atravesar este bosque y nunca llegan a conocerme, se forman falsas creencias y supersticiones y me dejan de lado, quizás estén muy ocupados, el caso es que os echo de menos, no te voy a pedir que propagues el mensaje, no me gustan las prédicas, pero sí que lo tengas presente mientras yo te acompañe el resto de tus días.
Jamás abandoné mi pueblo y aunque mis inquietudes viajeras me mantengan mucho tiempo lejos de él, no dejo de frecuentar ese bosque, al que conozco como la palma de mi mano.
Muchos creen tener la llave de la felicidad sin conocer siquiera la cerradura que hay que utilizar para abrir la puerta, a mí aquel anciano me enseñó que no hace falta llave, ni cerradura, ni puerta, que basta con reconocer tu latido y darle forma de árbol.
PD: En la mitología árabe el Árbol simboliza la Vida


4 comentarios
Interesante artículo...
Cada uno tenemos una llave, una cerradura y una puerta, lo díficil es encontrarlas.
También hay gente qué intenta decirte donde las tienes, antes de saber la ubicación de las suyas.
Me gusta eso del latido..y de darle forma de arbol...
Un beso
Muy bueno, Andrés. Tienen razón los árabes, el árbol es la vida. Lástima que muchos no los vean así.
Sin ir más lejos, ya sabes la que quieren liar en el eje Prado-Recoletos, la tala de árboles centenarios para trasladar la circulación de un lado al otro. ¿Y para qué hay que trasladar nada? ¿Qué más da que la circulación vaya en un sentido o en otro? Además, que hagan lo que quieran mientras no toquen los árboles.
En fin, me ha gustado tu bosque, la naturaleza que describes y el río que hay en ella. Yo también puedo sentir y escuchar toda esa naturaleza gracias a ti.
Un abrazo.
Los árabes sabían mucho. El árbol es la vida, ya lo creo que sí. Tanto en el mundo de los símbolos como en el mundo real.
Sigue así. Me gusta como escribes.
Que bonita y enriquecedora experiencia.
Un abrazo
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