Una nueva noche blanca se divisaba en la cúpula rasante del cielo de Nebluk. El crepúsculo lunar se adentraba en el horizonte en una lenta pero incesante marcha, tan común en el planeta nublado.
Los rostros pálidos de sus habitantes apenas prestaban atención a un espectáculo grandioso para cualquier extraño que estuviese presenciándolo. Esta gente llevaba sobre sus espaldas años lunares de opresión y sumisión al dios Sungod, el Señor de la Luz, que no dudaba ni un instante en cegar a cualquiera que se atreviera a mirarle a los ojos. Nadie había conseguido hacerlo hasta ahora y los nubloks aprovechaban estas noches blancas para salir de sus refugios y disfrutar de Laluna, diosa de los sueños, sueños de libertad para ellos.
A pesar de la indiferencia aparente en sus rostros, acogían la llegada de Laluna, llenos de gozo, al comprobar la bonanza de la diosa. En los últimos tiempos las apariciones de las noches blancas, aunque regularmente constantes, eran más cortas. Esto hacía ver a los nubloks que Sungod ganaba terreno. Y es que éstos habían perdido hasta la capacidad de esbozar una sonrisa, odiaban la luz, ya que ésta hacía que enfermaran y se les secara la piel. Siempre habían sido un pueblo nocturno hasta que ocurrió la Gran Revuelta de la Vía Radial que sumió a todos sus pacíficos planetas en una división tenaz y hasta esos tiempos insuperable. Los pueblos nocturnos quisieron tener día y los pueblos diurnos quisieron tener noche, solo un planeta se mantuvo al margen: ARON, hoy llamada Nebluk por los demás pobladores de la vía, si bien los mismos arianos, prefieren conservar su nombre de origen. El pueblo de Aron veía absurda tanta ambición, siempre habían sido un pueblo nocturno y no veían razón en querer conocer a Sungod, sus gentes eran sencillas y pacíficas y sus ancianos, que eran los que tomaban las decisiones, no querían conocer el día. Esta neutralidad de Aron desató las iras de Sungod y Laluna que lo condenaron al ostracismo,convirtiéndose en Nebluk, el planeta nublado. Ambos esparcieron Noche y Día y nublaron la vida de Aron. No se quejaban de que estuviera nublado, si bien deseaban la noche, estado natural de sus vidas, sino de la amenaza que suponía las continuas apariciones de Sungod. Se había tratado de contar con la complicidad de Laluna, pero ésta había hecho un trato con Sungod de no agresión en terreno neutral, o lo que era lo mismo en Aron. Los demás pueblos veían en Aron un traidor a la guerra en el caso de los pueblos nocturnos y un mundo cobarde en el caso de los pueblos diurnos. Los pobladores de Aron sólo querían que los dejasen vivir en paz. Mientras, habían de cargar con su absurda condena, Sungod se encargaba de ello.