
Entre la luz declinante del atardecer me sumerjo en mi senda y me convierto en observador, diviso en ese cielo imponente, rosáceos matices mezclados con el último azul de un nuevo día más,que invitan a la ensoñación. Enseguida toco tierra y el camino me va enseñando el barrio modesto de casas homogéneas y pequeños jardines con un aroma tan especial como sus árboles que dejan entrever un ramaje desnudo, una belleza melancólica que los hace diferente a los del resto de la urbe, a los de los barrios bien o a los del centro. Siempre hay un balón por medio, chavales por aquí y por allá callejeando, el hermano mayor haciendo de padre con el pequeño, jaleo vecinal, dos niñas queriendo ser ya mayores, un perro paseado por un señor que aprovecha también el paseo para escapar de la monotonía, gritos desde los balcones, atravieso el barrio y después de dar un rodeo me introduzco en el gran parque, allí casi nadie se atisba a estas horas, casi todos se han retirado ya, el gris del cielo es acentuado por esta soledad y hay una especie de embrujo en el aire que me anima a rodearlo entero, las fragancias se entremezclan y confunden, los grandes árboles me van cerrando la visión del cielo, al que observo entre el entramado de ramas, algunos solitarios se cruzan conmigo, dos pájaros negros se posan en el ramaje de invierno de un bonito árbol, fotografío el momento en mi mente, salgo del parque y regreso a casa, con la noche llamando a la puerta de otro día que se ha ido.


3 comentarios
Precioso relato amigo Andrés, tan descriptivo que uno parece transportarse a ese maravilloso atardecer levantino; ver como cae la tarde entre la bruma del mar, es uno de los monumentos que uno no debería perderse nunca.
Saludos
verde que te quiero verde
verde que te siento verde
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