Soñando el monstruo de siete cabezas con su presa mal herida, se la lleva lejos al país sin nombre en donde los muertos son vivos y donde la luz es luz, allí donde no hay tiempo para pensar ni para amar, sólo para existir y para andar, para caminar sin descanso hasta llegar a ninguna parte, y una vez llegado, salir a otra atmósfera más densa y húmeda, donde los duendes saltan y corren a por sus semillas mágicas, en donde el trigo es grano rojo como el volcán de sangre hirviendo de venas inflamadas por el dolor placentero de un buen hechicero, al servir su pócima blanca de semen fresco a los ojos de Venus y a la boca de Perfidia, nuestra señora del Vicio y de nuestras Pasiones. Hasta que se apagó la luz y nos fuimos a descansar para despertarnos agradablemente gélidos como la nieve de Hervas, tierra de la Esperanza y la Libertad donde Ristovic fue en busca de Paz y Armonía y donde los peces flotan en el aire, aire lleno de nenúfares y otras cosas. Me acuerdo de los viejos y usados tiempos donde masturbarse era un arte y llorar un privilegio, entonces era el rey mono el que dominaba al resto de seres en un pentágono roto por el azar de la maldita Fortuna, señora de los incrédulos. Uno podía suponer lo que se diría en un momento determinado sin apenas darse cuenta de nada, ya que era el placer el que predominaba en nuestras cabezas y en nuestro sexo ardiente, a punto de explotar por la posición deliciosamente obscena de su intención, así de contentos dejamos el planeta húmedo y nos volvimos a la conciencia de una Revolución...


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