
Hay un par de escalones entre mi anhelo y mi pesar, regenerado siempre, sacudido, cual despertar genético, desparramado por el alma del mundo, convertido en ráfaga que agita las hojas secas del otoño más triste.
Hay una cantinela que martillea mi raciocinio, esquiva y amenazante, repetitiva hasta la paranoia, ideada en hornos y fábricas, podredumbre insistente que cesará, cesará, o ella o yo.
Hay un aroma gastado que se pierde en acequias inmundas, en urbes grasientas de hollín y petróleo, en lluvias que no limpian, en soles que no brillan, una epidemia en el aire inmóvil, viento muerto que nunca naciste.
Y sin embargo sigo viendo belleza, belleza que sin colmar, calma, belleza en mi sangre, en mi latido, y en las alas de ese pájaro, que siempre remontan.