Había muchos que no se resistían a la misma lluvia de siempre, clamaban cielos distintos, dioses menores a los que controlar al antojo. Ser dueños de la propia maquinaria, robada desde los primeros tiempos por temores enquistados y por tradiciones enterradas en el tiempo. Ser Uno, jueces y parte, epicentro de sus anhelos, todo se perdía en partículas de polvo. Pero no había ni un solo día en que las ramas no se agitasen o en que el pájaro no trinara.
Y esos ahí siguen, bajo la incesante lluvia en un parque cualquiera, de una ciudad cualquiera, bebiéndose el mundo, eterna primavera, riendo siempre riendo, eterna irreverencia, eterna como la rama y el pájaro.
Viento, música, irreverencia, contra cualquier maquinaria, antojo de un dios menor.


, en un desvelo irritante, de nuevo en extravío, reconociendo otra vez ese anhelo que me condena y me hace sentir vivo entre tanto muerto viviente. Ójala el dolor esta vez sea tan provechoso como lo ha sido volver a encontrar tu rostro invocado en esas noches sin luna, embriagado de ti.
