La tenue geometría de los cuerpos terrestres llena de estupor el alba. Un fulgor verde florece entre las huellas surcadas de los pasos, luminiscencia intensa que deja una sensación de frío esplendor, de limpio porvenir, crisálida en el tiempo que surca días sin viento, anhelando la corriente que se esconde en horizontes imperecederos, siempre más allá de las conciencias. Luz. Triángulos con vértices violentos sobrevuelan la planicie, todo es aéreo, gélidamente aéreo y ese verde trasluz se hace inmenso en un todo, se aglutina en torno a esa vorágine que mutila sensaciones hasta dejarlas morir en un magnicidio cotidiano, tan imperceptible que casi no sabemos vivir sin él. Pero llegan, se posan y se extienden por el atlas corpóreo de la luna, tierra de trotamundos sin vocación al aburrimiento, lobos sin madre a la que cantar melodías que habitan en el recorrido que traza la hoja caída hasta ser hojarasca, mezcolanza de húmedas propiedades de tierra, hongos y raíces. Aire. Todo es cristalino y el cristal se adivina divino sin ocultarse, reflejo de él mismo, producido por el soplo que le da forma y vida cual mortal sustancia siempre expuesta al devenir de los días y las estaciones. Hasta llegar a esos chaparrones en el alma que dejan exhaustos a aquellos caminantes sin camino y nutren las estancias olvidadas de recalcitrante páramo con fluido eterno comunicador de descifrables esencias. Agua.
Una sinfonía primeriza, reminiscencia del yo en el mundo del no-ser.



