
En esas aguas frías mojaba sus indómitas inquietudes que obnubilaban su mente, allí, en esos ancianos bosques, bajo esos cielos azules, llevó su antiguo pesar, moldeando su dolor, dándole la forma de la nada, para alojarlo al fin al pozo de la inocuidad donde cae todo lo que el tiempo alivia. Allí alcanzó a conocer por fin quién era, para qué había llegado a ese gastado mundo urbano que ahora recordaba como un lejano espejismo. Descubrió que su misión no tenía fin, se perdía en la inmensidad que lo rodeaba, en el hábitat que sentía como una parte más de su organismo, había sido felizmente engullido por sus fauces y allí quería reposar el resto de sus días, para seguir perpetuando ese acto de amor, corresponder y ser correspondido, y al fin fundirse y ser un átomo más de la limpia brisa que acogía entre sus bronquios todas las mañanas. Su quehacer diario consistía en caminar, observar, latir al unísono con un mismo latido, en aprender la lección de las lecciones, hacer y dejar hacer. Nunca se sintió solo, recitaba poesía para no olvidar el lenguaje, leía libros para conservar su clarividencia, y su lucidez se la daba el resto de lo que se alimentaba y que ofrecía placenteramente a la consciencia de estar más vivo que nunca, pues jamás había sentido con esa intensidad tanta vida. Lo tenía todo cuando la luz lo alumbraba y se perdía entre las constelaciones de estrellas o admiraba la belleza de su luna en las largas noches de aquel invierno lleno de prodigios. Un buen día la luna se hizo terrenal y se quedó con él, así el círculo definitivamente se cerró, trazando a la perfección ese sol de invierno que le calentaba cuando el crudo frío le helaba ocasionalmente la piel. Nada ya podía pedir, solo hacer y dejar hacer.





