
Tengo un amigo andante, no es usual que se mezclen andantes y alados, allá abajo hay mucho recelo a las alas, pero siempre hay “gente rara” y mi amigo era de los que presumía de rareza, disponía de mucho tiempo libre y harto de distracciones baldías, me propuso escribir unas memorias.
Vaya ocurrencia, le dije yo ¿Para qué querrá un alado unas memorias?
Pues con el mismo fin con que las quiere un andante, me dijo, tener a mano todas las experiencias para poder recordarlas cuando interese.
No lo acababa de ver muy claro.
Vamos, insistió, yo te haré de escibiente, solo tendrás que contarme lo que te parezca que valga la pena y cuando se te antoje, ya sé que no se puede contar con un alado de manera sistemática.
Es una de las consecuencias de tener alas, pero bueno de acuerdo ¿Cuándo empezamos?
¿Cómo que cuando empezamos? Eso depende de ti ¿Acaso ya tienes algo qué contar?
Mi nombre es Hidrok, pertenezco a la sexta generación con alas, mis padres son viejos andantes, por lo que no pertenezco a ninguna casta de alados y mi impureza bien me importa poco, para los puristas no somos alados, yo en cambio pienso que para llevar alas no hay que pertenecer a ningún linaje, pero sin embargo sí creo que para poder tener alas tangibles, las tienes que tener mentales y ese es el principal problema para un purista, nunca sabrá apreciar el placer de volar, perdido en prejuicios propios de andantes. Mis padres, como he dicho antes son andantes y también ellos reciben la desconsideración de muchos allá abajo. Y es que se tiene la creencia, aún no demostrada científicamente, de que para que dos andantes engendren un alado, debe haber Zema de por medio, la Zema o viaje en espiral, es una droga que se consume allá abajo. No he sido testigo de las correrías juveniles de mis progenitores, pero tampoco me he puesto a investigar, soy feliz con mis alas y suelo visitar a mis padres cada vez que me acuerdo de mi suerte, y aunque hay veces que paso largos periodos sin verlos, jamás les he reprochado nada.
Desde ésta, nuestra atalaya diaria, lo divisamos todo. Hay un rasgo común en esos seres que se mueven nerviosos, atareados u ociosos, la soledad. Se mueven a tientas en ese pozo oscuro que alimentan. Un buen día renunciamos a sus comodidades, pero también a sus cadenas, y no hay ninguno de nosotros que añore tanto a sus antepasados como para renunciar a este idilio con el viento, ellos nos ven como meros instrumentos, trabajadores a su servicio, en cierta manera así es, pero eso es solo el pretexto para nosotros, la excusa perfecta para que nos dejen tranquilos aquí arriba, conviviendo con nubes y ocasionales aves. Nuestra soledad no es como la de ellos, nosotros somos muy conscientes de ella y la disfrutamos por entero, siempre hay alguien de nosotros que piensa que aquí arriba nunca se está solo, pues están ellos allá y ese tapiz forma parte nuestra, la mera observación nos acompaña. Sin embargo ellos se mezclan, lo hacen todo en grupo de dos en adelante, pocos solitarios se ven y los que hay, no hacen más que mirar hacia arriba buscando el consuelo de unas alas.
Un día de un invierno lejano, tuve que llevar un mensaje al océano del Norte, las temperaturas por ese entonces, en esa época del año eran extremas, así que aproveché para volar a ras, nunca me ha gustado, de hecho son contadas las veces que he volado así, prefiero pasar inadvertido a los demás, sobre todo a los andantes, pero tampoco me apetecía congelarme. Pude oir comentarios sobre economía y política, según decían se acercaba época de renovar el comité y había mucha algarabía por ello, la moneda había caído en picado en los últimos tiempos, decían algunos, otros defendían la actual gestión de los mandatarios, unos y otros vociferaban por las calles, pegaban carteles con las fotos de los candidatos, por lo que pasé más desapercibido de lo que pensaba por suerte para mí. Todavía con el eco de la gran ciudad, llegué al mar con el alivio consiguiente, allí todo era tan silencioso como yo lo recordaba en las alturas, solo el oleaje, la letanía del mar lo diferenciaba de mis vuelos habituales, una vez más me alegré por mis alas.
Las formas de las nubes son tan cambiantes. Aquí arriba todo es mutable, nada permanece, bueno sí, algo nunca cambia, el silencio, lo demás, nubes, aves y alados, se mueven al son que marcan el viento y el sol. Necesitamos del viento para calcular nuestras rutas, el tiempo de vuelo, la conveniencia de iniciar una misión o no, y necesitamos del sol como lo necesita cualquier ser viviente, él nos alumbra y nos calienta. Conozco más de dos mil tipos de aves y todavía hay multitud de ellas que jamás he visto, siempre son agradables compañeras de vuelo, mucho más precisas y elegantes que nosotros, por algo son las dueñas de los cielos desde tiempos inmemoriables.
Los alados solemos tener un lugar de encuentro, las cuevas de las montañas, suelen ser los lugares elegidos para charlar un rato, jugar a naipes o lo que se tercie, también para el amor son propicias. Bueno creo que aún no os he hablado de las aladas, mi compañera alada se llama Ylia, las relaciones sentimentales entre alados poco o nada tienen que ver con las de muchos andantes, en los cielos no existe el matrimonio, ni ningún contrato, de hecho no hay papeles para ningún otro asunto, rige la costumbre y se respeta sin más. Ylia es dulce como el alba, liviana como la brisa que la mueve gracilmente, solemos compartir cueva cuando nos lo permiten nuestros vuelos, en ocasos ocasionales a la espera de una noche compartida al cobijo de la piedra en las alturas.

